Hastío

Desierta de palabras, sentada sobre una montaña de momentos que no significan nada, así pasaba el día la Maga, con su cara llena de sonrisas para un mundo que le parecía inaccesible. Por dónde comenzar cuando uno no sabe si se encuentra en alguna parte? tendida en su cama mira con detenimiento el techo enmohecido, la cubrecama anaranjada acusa las marcas de tantas cervezas y vinos derramados, de hecho, empezó a preocuparse por su estética la semana pasada, cuando Esteban llegó con un tubo de chocolate líquido, listo para invitarla a retozar el amor con aderezos; la Maga se encaminó hasta el clóset donde guardaba la única toalla lavada de su casa, una toalla a rayas verdes y cafés que alguna persona había olvidado hace mucho tiempo en ese espacio, la puso con cuidado, tomó a Esteban de la mano y le acomodó delicadamente el cuerpo desnudo sobre ella, sobre la toalla, –le queda un tanto estrecha- pensó y Esteban enmarcando las cejas y con una sonrisa divertida le preguntó en qué pensaba — qué seriedad mujer, parece que estás dedicada a alguna operación maquiavélica, qué me traes hoy? y esta toalla? no hay manera de entenderte, Maga querida— y ella levantando los hombros caminó hacia la cocina con un paso manso, como de caballo cansado, pensando obstinadamente en qué trapo usar para evitar que su colcha anaranjada le exigiera un lavado con jabón. La cocina de su casa era tan pequeña que cuando cocinaba, tenía que hacerlo siempre sola, pues su cuerpo bloqueaba por completo la posibilida de compañía, era una sensación que le gustaba pues para cocinar requería toda su concentración y cuando otra persona la rondaba, perdía la cuenta de la sal que había echado o ponía demasiado aderezo a su ensalada. La música comenzó a sonar en su habitación, King Krimson, el rey carmesí… las notas la alcanzaron cuando buscaba en un caja llena de trapos bajo la mesita de su mini cocina… no terminó de levantarse, antes bien dobló las piernas y se sentó en el suelo, con la espalda recargada en la pared, alargó la mano y tomó un cigarro y el cenicero, con toda calma lo encendió y, con un gozo irreductibe, se dedicó a fumar. No tenía pensado lavar esa cubrecama anaranjada. Punto final.

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Del calor y la imposibilidad

Del centro de la tierra emerge con fuerza esa pequeña vara que, al paso de los años será el arbol del que colgaré mi esperanza, aquí, desde mi balcón. El Centro de la Tierra es un lugar lleno de fuego, me lo han dicho mis maestros desde la primaria, cuando mis libretas tenían márgenes rojos que yo misma hacía con mi regla transparente y una pluma roja. Llenaba las hojas con márgenes rojos cada noche, o al atardecer, no lo recuerdo bien, pero eran los tiempos cuando yo buscaba un rincón en la mesa llena de botellas de café en polvo, de platos y tenedores que habían sido abandonados tras la comida. Quién recogía la mesa? a veces mi mami ayudada por nosotras, a veces las señoras que trabajaban en casa, porque en México es común tener gente a tu servicio, no es mal visto y la inseguridad y la injusticia social son parte de un cotidiano transcurrir de pagos semanales de menos de mil pesos. No te lo cuestionas, así es y tu mente y tu alma se calman de las posibles angustias pensando que si no contratas a estas personas tú, así, sin seguro ni antigüedad laboral, no tendrán ni un pan que llevarse a la boca, además que ni siquiera han estudiado y en muchos casos no pueden leer. Vaya caos que tenemos en lo social en mi País.
El centro de la tierra se ilumina de vez en cuando con luces rojas y llamaradas amarillas, hay como una bola incandescente que evita que la tierra se solidifique y se muera, es el calor que sentimos cuando no tenemos apegos humanos y las lágrimas amenazan con saltar de los ojos un día cualquiera en el transporte público, entonces una se debe bajar del bus y acercarse a un árbol, abrazarlo con toda el alma y prepararse para sentir esa oleada caliente que la envuele y la reconforta. Ese centro de fuego que nos conecta a veces parecería que se hace tibio y se detiene, la vida empieza a congelársenos alrededor y las fotografías que vamos atesorando se hacen color de gris, porque la luz se ha llevado su viveza y el calor. No hay más que confusión. La tierra entera se detiene por momentos contradiciendo las leyes de la inercia y la física en general, entonces el mundo de las cosas no sale disparado como imaginaríamos o como me dijo alguna vez mi profesor de física en la escuela secundaria, no, las cosas se quedan en su propio lugar, así, casi flotando, como sin gravedad y la fuerza que nos une se puede ver como una bruma que pasa entre los dedos y los pies de la gente, todo con la lentitud de una bocanada de aliento. Entonces tocamos ese árbol que nos esperaba atento y el calor nos golpea en la cara, sube como un cosquilleo y reorganiza todo, empuja a los perros para que sigan moviendo la cola y a los ancianos para que nos miren con las gafas colgando de la punta de la nariz… seguro a lo lejos  escucharemos la canción de King Krimson que nos detuvo en primer lugar. Arreglaremos con una mano la arruga de la falda y volveremos a subirnos a la vida sin ninguna pretensión.THE DESINTEGRATION OF THE PERSISTENCE OF MEMORY 1952-1954

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Del golpe que no es

Uno dos tres, mis pasos sobre la calle mojada, sonidos de chapoteo, memorias de mi País… pienso en ustedes todo el tiempo, en los que ya no están, sonrío a un ave que atraviesa el cielo con un grito agudo y sanador… y allí, sin más, imagino con tanta claridad el sonido del golpe, el chirrido de las llantas al frenar, y la costilla que revienta en astillas, el impuso de mandarme a volar, la sangre que brota de mi boca, gotas brillando bajo el sol, sonidos, vidrios y ni un solo grito acompañan la escena de un final; siento un fuerte cosquilleo, la vista se me apaga por un segundo… y trago saliva, me recompongo, tomo aire y pienso que esta muerte no es la mía el día de hoy. No dejo de preguntarme porqué me obsesiona esta imagen que no es mía, de dónde viene esta vivencia que me recuerda sin piedad mi finitud. Un golpe seco y es el fin. Todas las labores, las creencias, los trajines, las luchas, las risas y la terapia de químicos terminarán en ese punto oscuro indefinido de la no existencia, la sinrazón. Después de la impresión, de la pequeña muerte que me avisa la existencia, todo se pone de otro color, las calles se adormilan benevolentes, las citas y el trabajo se adornan de color, de risa impertinente. Yo soy ahora y nada más, en cualquier segundo, cuando menos me lo espere, el golpe llegará, mientras tanto vivo y controlo mi vida sin temor, eso es todo lo que hay.

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Verano de hojas deshojadas

Atardece, el calor es sofocante y a mi alrededor hay una claridad que ciega los ojos. La boca seca me devuelve a la necesidad del cuerpo, a la necesidad de estirarme, depositar en la tierra el saco de grasa y músculos destartalados que me ha acompañado por más de cuatro décadas, depositarlo en el pasto, en la arena, en el suelo, así, despacio, con calma, con la suavidad con la que posamos la mano sobre una rosa y movemos los dedos para nos estropear sus pétalos. Mis ojos se opacan porque el abandono de la mirada milagrosa hace estragos finalmente, crecer es eso al final, verdad? dejar de ver milagros y fundar todo lo que nos rodea en explicaciones racionales de cualquier paradigma, no importa, la cosa es no salirnos mucho de lo establecido para que no se nos acuse de detractores, desertores, tiranos o simplemente ignorantes del orden establecido. Cansancio. Entonces vuelvo a buscar el mejor lugar para descansar mi cuerpo, porque mi mente no sabe de lentitudes y pretende abarcar vorazmente el mundo, su honor principal.

Es que yo hago lo que digo, yo no espero a que me lo dicten, ni a que me lo impongan; cuando algo toca mi corazón y es capaz de iluminar una idea en mi pensamiento, yo no cedo, yo salto al camino de la polvareda y escribo palabras sobre las rocas incandescentes. Yo lo hago, poco a poco y a tropezones, no me sale sentarme a esperar y pensar mucho mucho para no aplicarme nunca, no me sale y lo malo es que para  los paradigmas rígidos de los acuerdos sociales entre gente sensata de buena formación, mi improvisación es una vergonzosa muestra de la tiranía de un carácter deshonesto y mal formado que no hace justicia a los laureles del saber que se posan en las coronillas de las reinas interculturales. Raro este párrafo verdad?

Es que yo me pongo a andar, un carbón ardiendo y yo lanzo humo, como un barco de los años cuarenta, agarro el camino que tiene corazón y avanzo sin quitarme, sin desanimarme ni desorientarme; entonces la flores comienzan a brotar y el mundo entero cuestiona los métodos y la falta de paradigmas, se sube al barco andando y empieza a soltar las anclas, hay que detener el barco para revisarlo, piensan las mentes brillantes, y tienen razón, nomás que cuando el barco se detiene, usualmente comienza a hundirse y a mí, encallar junto a los cocodrilos me atemoriza, creo que mejor saltaré en mi pequeño bote salvavidas a recorrer otros caminos con camelias en flor.

Y mientras sigo buscando el camino de regreso a Ixtlán, porque allí podría dejar el saco de huesos que se acoraza en mis carnes, allí en el descanso de los prados semisecos y los árboles de antaño. Donde había una vez una mujer que era libre y que volaba por los montes en magia pura y pasiones de color. Hoy no hay Ixtlán, lo contundente es que si pisara esas amadas tierras del pasado mágico, no las reconocería, una parte de la mente se encargaría de describir la tierra  a la perfección pero evitaría que el cuerpo se acostara, se adormilara y el alma saltara juguetona a bailar de flor en flor. Ya no hay Ixtlán como no hay luz de río brillante.

La fuerza del sol se ha ido, el cuerpo recompone su prestancia, la boca se humedece y los sueños prestos tocan con alma juguetona la puerta de la imaginación. Los barcos anclados se mecen suavemente mientras las gaviotas gritan en la lejanía, allí es perfecto, allí puedo descansar.

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He vuelto o ya me fui

Ya regresé, dejé atrás las jacarandas en flor, los charcos de agua sucia y la luz en la mirada de mis amados. Estoy aquí, en el mundo del orden y el sentido tratando de tejer una cobija de recuerdos en la que envolverme en los tiempos del frío invernal. Añado parches de momentos brillantes y lujosos, de gozo profundo con los niños y Coyoacán. Retomo los hilos de colores que entresacamos de los cerros junto al Iztlaccíhuatl y el Popocatépetl, en la carretera, los seis viajeros de tu nave espacial, querido Alberto. Y de playas cristalinas añado los bordados, una estrella que buscaba sin parar; mis hijos llenos de arena brillante y piel dorada, mi padre caminando de mi mano hacia la mar, la tarde cayendo con sus luces magníficas transfigurando con su fuerza esta realidad. De allí saldrán la magia y los colores para mi bordar.

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Y la familia numerosa y las risas de los niños, las piñatas y la charla como claras flores habré de simbolizar. Hay recuerdos retorcidos que no vale la pena bordar, para esos no hay demasiado hilo, para esos en cambio hay que cortar, decir adiós a la inmundicia del vacío humano, de la irresponsabilidad.

He vuelto a mi vida cotidiana, a mi teclado negro, a mis tareas, a la ropa, la casa y al pensar. Viví feliz las emociones de mi tierra, de mi especie, de mi gran barbarie amada de la capital. Me hiciste falta allá, le quitaste un poco de la luz a mi visita, pero ahora, a la distancia, su propia luz alcanzará.

He vuelto a la esperanza y al trabajo, a los sueños y a la fragilidad, he dejado pedacitos de mi alma en mis amores, mis lugares, mi pasado, en tu tumba de cenizas que dejaron de volar.

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Recuperándome

Cuando empecé a leer a Carlos Castaneda quedé atrapada, hoy hace casi 25 años de eso y muchos de sus pensamientos siguen siendo rectores de mi vida, algunas veces ni siquiera recuerdo el origen de mis actitudes pero, si me concentro lo suficiente, encuentro perfectamente claro que algún libro de Castaneda, sería el primero o el sexto, son ese origen perdido de mi memoria floja.

Hoy regreso a Castaneda para hablar de las relaciones humanas, para hablar de su teoría de los huevos luminosos, y de los hilos que tenemos enredados con el mundo y sus seres. Según Carlos, los seres humanos son seres de luz compuestos por hilos o bandas que se conectan con la tierra y que le dan la posibilidad de hacer lo que quiera o de ser lo que quiera, este conocimiento es guardado celosamente por los brujos practicantes con los que Carlos tiene contacto.

La vida humana puede ser una batalla infructuosa si uno no cuida de sus hilos luminosos, es decir, que si uno no se disciplina y guarda energía, si uno no hace una recapitulación de su vida y asume conscientemente el control de sus actos, entonces uno está destinado a morir como un pedazo de carne sin energía que se funde en el sinsentido del vacío absoluto.

Por otra parte, si uno hace buena cuenta de sí mismo, si se disciplina y se llena de energía con práticas que él mismo relata, entonces tiene la oportunidad de salvarse y trascender, de cambiar de líneas de percepción y abandonar este plano de la realidad con todo y su cuerpo, con fuerza y curiosidad por conocer las otras realidades que fluyen constantemente a nuestro alrededor pero que no alcanzamos a percibir.

Entonces habría que buscarle el sentido a estas enseñanzas, el sentido práctico y gracias a eso volar, hasta el pico del águila…

En la recapitulación, Carlos revela la técnica de la recuperación de esos hilos energéticos que vamos dejando enredados en los hilos de otras personas, estas son siempre pérdidas de energía y sentido para nosotros. Supongo que en este plano, estamos muy acostumbrados a “enredarnos” con la gente que amamos y a perder nuestros hilos con una sonrisa amorosa. Sin embargo, creo que esta teoría es magnífica para ayudarnos a superar las rupturas emocionales de gente a la que amamos y a la que debemos dejar irse de nuestras vidas.

Yo decido recuperar los hilos luminosos que entregué a uno de los grandes amores de mi vida, respiro con calma los recuerdos de esos momentos luminosos de nuestra unión y, vacío el aire en el otro lado, despidiéndome con simpleza, sin dramas, sin rencor. Admiro su determinación de salirse de mi vida con esa fuerza que tanto le aconsejé usar para abandonar a personas dañinas que tenía a su alredor, veo que lo ha logrado, nomás que lo aplicó en mí. Quizá no me dí cuenta de cuánto daño una puede hacer con su amor.

A recuperarse. A re-tenerse. Así, respirando en el camino de la vida.

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Cocinando

En medio de la olla gigantesca de la sopa humana, como un nabo, un hongo, un pedazo de zanahoria, giro hirviendo y me retuerzo, dolor puro; a mi alrededor hay tantos otros que viven como yo pero que no ven lo mismo que yo; hay tantos otros que se toman de la mano en la danza carnavalezca de la vida humana y yo no puedo alcanzar mano alguna, desesperada, desde el centro de la olla me asfixio en mi soledad. Conciencia que me abruma, duérmete; dolor de pecho, abandóname; voces amadas, dónde están? mientras hago la sopa para mis hijos me llegan estas metáforas de la vida, el caldo en olla hierve con furia y yo estoy paralizada, mirada al infinito, cuchillo en la mano y algo que se asemeja a un rugido sale de mi pecho y taladra los oídos… “mamá!…. dónde estás?”…. y los niños vienen a verme y sonríen y me dicen confiados “quién te estaba llamando mami?” tú misma te llamabas?” y yo, con ojos brillantes de pena les entrego una sonrisa y les digo que sí, que mami aullaba buscándose a sí misma, que no es raro, que las locas hacemos cosas así. Mis hijos me miran y parecen satisfechos con la respuesta, avanzan hacia la puerta y el pequño retrocede, me mira a los ojos y me dice, “mami, tú no eres una loca, tú eres una princesa, princesa, reina mami” y yo siento la conmoción de un amor tan puro rompiendo las telarañas de mi pecho entumecido, pujando por entrar… me suavizo y lo abrazo. “Te amo”, es lo único que le digo y él se va bien satisfecho a seguir construyendo grandes torres con su juego de piezas de colores. Yo vuelvo a la sopa, el calor de la olla humana es menos intenso ahora, ya no siento que me rompo en pedacitos, solamente me siento preocupada “qué habré hecho para merecer a este niño?” “espero no equivocarme demasiado…”

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Con calma que voy de prisa….

De prisa de prisa intento el camino de regreso a casa, a ese sagrado templo que se esconde tras de mis ojos y que ensancha mi pecho al respirar… de prisa intento hacer una pausa y ponerme a buscar, esos sentimientos, esos miedos, esas ganas de volar.
De prisa, mi vida, de prisa, que la risa se nos había ahogado y en este día intento levantarla de la mano, de prisa te llamo, con los mantras de la vida, de prisa mi alma, que el tranvía nos ha dejado.
Y de prisa y con calma el mundo se me desquebraja, hay un temblor que me circunda y un vacío de palabras. Me estoy yendo y todavía no compro el boleto del avión. El sueño vivo lacerado no será obstáculo, la luz del día tampoco es símbolo de salvación. Sombras y vacíos, desórdenes y muchas hojas que yo lleno de garabatos al pausar.

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Mujeres vida

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De noche, de día, mujeres, mujeres vida.

En el camino corriendo, andando, sentadas en cuclillas, se hermanan, se escuchan, se apoyan, mujeres vida.

La dulzura, la risa, el enojo, la alegría; las pasiones, los cantos; melodías de mujeres, mujeres vida.

Como niñas que bailan, como peces que vuelan, como sueños que me atrapan, las mujeres que sonríen, mujeres sabias, mujeres vida.

De la mano de sus amores, de sus sombras, de sus días; de la mano se toman, se sostienen, se guían, con ellas no hay temores, no hay caídas, no hay penas; las mujeres sabias lo veían, son para siempre, mujeres vida.

En trabajos, en esquinas, en la casa, en la medina, las mujeres se esfuerzan, se componen, se alían; en la escuela, en la vida, en un lecho, en una vía; las mujeres que iluminan mi camino, las mujeres son la vida.

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De las amígdalas…

A mí me operaron de las amígdalas algún día seguramente que hace muchísimos años. Yo no lo sabía. No recuerdo casi nada de mi infancia y mis pocos recuerdos se asemejan más a esas colecciones de fotografías blanco y negro que visitamos en los viejos álbumes familiares a lo largo de la infancia. Con mis recuerdos cabe siempre la pregunta “Me lo habrán contado todo o lo habré vivido de verdad?” padezco de una desconfianza innata, dudo de mí, de los otros y lo que parece real, escepticimos de supervivencia, porque si elijo creer en las cosas y luego sale que no era verdad, pues ya estuvo, qué molestia. He vivido esa experiencia en muchas ocasiones, recuerdo recuerdos que mis padres me ofrecieron y que, cuando una tarde cualquiera los repito, ellos olvidan qué recuerdos eran esos y yo me quedo sin ninguna evidencia, ni empírica ni pseudoteórica más retórica de lo que digo. Más vale callar.

Entonces, las amígdalas, la nueva duda de hoy que traigo clavada en la espalda y es que hoy fui al médico y él me revisó la garganta. Es el primer médico que me dice que yo no tengo amígdalas y que seguramente me realizaron una operación. Cantidad de médicos se han asomado a mi garganta con sus lamparitas especializadas. Cantidad de médicos a lo largo de mi vida, de los más variados aspectos y edades y, últimamente, hasta de diversos idiomas y nacionalidades. Y nadie, nadie más que el buen Dr. Häfner, había mencionado esa operación. El problema es que atrapé 5 ó 6 palabras seguras de la larga y compleja explicación que me ha dado el buen doctor en su alemán suizo nativo, me parecía que hasta hacía un esfuerzo por ser claro, así que me apenó de antemano pedirle que me repitiera la información; sin embargo sí le pregunte “una operación?, está seguro? o sea, con cuchillo?… bisturí… cómo se dice eso?” (eine OP?, sind Sie sicher? mit Messer oder Skalpell oder so, die Ärzte verwenden, um zu schneiden, wie Sie sagen…..? “) Creo que me comprendió. Creo que lo comprendí.
Tengo tantas ganas de preguntarle a mi madre si eso es verdad, pero ella está muerta. Muerta y enterrada al fin en el cementerio de su propia elección. Mi madre ya no me habla o, al menos, ya no me habla con las palabras y el sonido que conocí desde que nací. Mi madre es silencio y recuerdo. Recuerdo que a veces es tan vivo que me eriza la piel. Mi madre.
Y mi padre, esa es otra historia; mi padre vive o semivive, echado en su cama la mayor parte del día, dice haber olvidado todo lo referente a mí, no es que sea algo personal, más bien dice haber olvidado cada cosa que le pregunto y hoy quiero preguntarle acerca de esa operación y no me atrevo. Me temo recibir esa misma respuesta de olvido de desinterés y de descuido. Yo no estaba entonces allí, estaba en la sombra mientras cosas mucho más relevantes pasaban a mi alrededor. Estaba una niña pequeña en la sala mientras los perros ladraban? quién puede saberlo? “papi, me operaron las amígdalas?”, preguntaría yo por Skype,… y él respondería con un gastado “qué se yo, mi hijita”, “no creo”, “no sé”…. una niña que no recuerda es hija de padres que la han olvidado. Así yo, en la sombra o el otro lado del espejo busco pescar esa memoria de quirófanos, inyecciones, mascarillas, helado, cuidados, recuperación, pero no la encuentro, mi mente me repite lo que yo decía de joven “a mí nunca me han operado” y algo en mí se incomoda profundamente. Qué tanto podemos decir de nuestras vidas sin tropezarnos con lo que nosotros nunca fuimos? cómo caminar por el valle del recuerdo usando como brújula solamente las historias que otros nos cuentan de nuestro pasado? a ciegas y con los brazos estirados al frente para que nos defendamos de paredes, gente, autos, estruendos y árboles del mundo. Cómo afirmar contundentemente nuestra estirpe si la sangre no es más que huella de un olvido genéticamente acobardado?

Y yo, no tengo amígdalas. Eso es todo, por eso me duele la garganta, dice el doctor.

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