De las farsas.

Me he perdido,

me he extraviado.

Con una vara en la mano camino a tientas,

la oscuridad del bosque es absoluta,

los brazos estirados, piernas de hilo

pecho remolino.

A lo lejos aúllas,

era la clave. Suenas lejos,

lejos, lejos…

mi mente se sume en la desesperación.

Me he perdido

porque no he querido quedarme.

Escucharte y creerte eran posturas vacías

de una representación teatral.

Vacías.

Me he perdido en la noche

con la consciencia del día.

Quiero que te pierdas, que tus manos tiemblen,

vara endurecida chocando con las piedras.

Quiero que te pierdas

para que yo

encuentre mi camino.

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De poesías y muertos

Quería escribir poesía

para destrabar mi alma.

Quería escribirte líneas de encuentro,

periferias y contornos, lazos

sanguíneos que se han secado.

Quería sentarme sola en el vacío,

con el frío de la muerte en mi columna.

Fugaces relámpagos de cotidianeidad,

palabras que se deshacen

entre el polvo y la suciedad.

Muertos

Muertos pero vivos que corren descalzos

niños que jugaban a patear la piedra

silencios, puertas cerradas.

Quería escribir poesía

para destrabar mi alma,

pero las palabras necias

se deshojan y se secan.

Palabras absurdas

de pasados olvidados.

Quería escribir poesía y me he quedado

sentada al lado del camino

con el frío en las enttrañas y el recuerdo

muerto en el vientre de la vida.

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Sobre los licuados

Durante varios años mi madre me preparaba un licuado desintoxicante. Yo escuchaba la licuadora y bajaba las escaleras de casa sabiendo que un gran vaso de licuado detox me esperaba en la cocina. Piña, apio, perejil y toronja. A veces le ponía nopal. Ella y yo lo bebíamos contentas, mientras hablábamos sin parar de lo mucho que estábamos adelgazando, de lo bien que se sentía beber ese licuado, de la salud que estábamos cultivando sin parar. Orgullosas. Mi padre lo bebía a regañadientes, ese menjurge, lo llamaba él y lo tragaba con una mueca de disgusto. Mi madre y yo intercambiábamos miradas cómplices y sonreíamos. Mi padre tenía diabetes y habíamos leído que este licuado con nopal era muy bueno para él. Pobre hombre, siempre recibía nuestros remedios caseros con una actitud de berriche casi infantil. Mis padres son cosa del pasado, se han ido de este plano.

Yo empecé este año tomando más licuados que el año pasado, jugos que hago con un extractor y que me hacen mucho bien. Lo único malo es que necesito mucha disciplina para decidirme a hacerlos, me molesta que después debo lavar y acomodar el extractor de jugos, una verdadera molestia. Un pequeño reto mañanero, un esfuerzo por mí y para mí. He necesitado muchos años para ver lo relevante que soy para mí misma, aunque suene raro, frecuentemente lo olvido. Cada mañana abro los ojos y pienso si quiero hacer un licuado o no. Si lo hago, me pongo muy orgullosa y sonriente, casi insoportable. Si no lo logro, me bebo un café en silencio mientras refunfuño contra mi desidia.

Así que para evitarme este conflicto al menos por algunos días, me he comprado una licuadora portátil, el invento del siglo si me lo preguntan. Mi licuadora es pequeña y color vino, se carga con un cable de USB y no hace mucho ruido. Además de que el vaso está unido a la cuchilla rotatoria y para lavarlo, solamente necesitas echarle jabón y agua, la pones a batir y con una espesa espuma, se limpia a sí misma. Me hace tan feliz.

Licuado de aguacate con leche de almendras, de frutillas con leche de avena. Y a veces un jugo de piña con apio, pereji y limón, porque yo casi nunca compro toronja. Y me regresa la imagen de mi madre en la cocina, los amplios ventanales de cara al jardín exterior, los perros ladrando y la licuadora grande con su rugido atronador. Lavo el extractor mientras me pierdo en el delicia de los recuerdos, sonrío como entonces y me planto orgullosa frente al mundo.

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En mi otra vida

En mi otra vida yo tenía un padre y una madre

y ambos me amaban mucho.

Mi padre usaba camisas a cuadros y botines con cierre,

reía, le gustaba reír y se enojaba

velocidades inconexas

arranques de furia

cafecito en la ciudad.

Mi madre era hogareña y nerviosa,

silenciosa tejedora de momentos vacíos.

Cocinaba al amanecer

para los que salieron de su cuerpo

y de su vida.

Remolinos y cucharones

sequías tristes frente al televisor.

Mi madre y la tiendita,

las compras repartidas,

encuentros tardíos

olvidos

llaves

soledad.

En mi otra vida yo fui una hija,

insensata y demandante,

lectora distraída y confundida

acogida

protegida

enternecida y fumadora.

Charlábamos juntos a la hora del cafè,

en la ciudad con mi padre

en la cocina con mi madre

o juntos en la cocina los tres.

Pan dulce, polémica vespertina,

retos y devoluciones.

Construíamos el mundo cada semana

recuento de los daños, de las

pertenencias y las incomodidades,

enfermos, sonrientes, opacados,

girando en remolinos

de la mano

a lo lejos

sin mirar.

En mi otra vida

tuvimos muchas tardes de sol.

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Un ciclo más.

Hoy termina un ciclo, mis hijos salen de escuela primaria. Como consecuencia de la pandemia mundial y, pese a que en suiza las medidas se han relajado bastante, no pudiemos llevar a cabo un festival de fin de año como se hacía tradicionalmente. Qué nostalgia, me quedo con las ganas aplaudir con orgullo la salida de mis hijos, los dos, el mismo día.

A partir de agosto cada uno caminará su propio camino. Leon entrará al Gymmi en Oerlikon y Philipp a la secundaria en Tiefenbrunnen. Cada uno irá por su cuenta a seguir viviendo su vida, tendrá sus propias experiencias como hasta ahora, pero ya no podremos disfrutar de dos perspectivas de un mismo evento, como había sido hasta hoy; siendo compañeros de clase, mis hijos me relataban desde mundos distintos las mismas situaciones. Si alguien había estado castigado, si la lección había sido aburrida o no o si la comida de la cafetería era rica. Siempre que uno afirmaba una cosa, el otro saltaba velozmente a negarla. Yo siempre me reía y les decía que ambos decían la verdad, solamente que cada uno había vivido la situación desde lugares y creencias diferentes. Mis niños, hoy terminan la primaria.

El silencio de mi casa solamente se interrumpe por el continuo teclear de las computadoras. Mi esposo y yo trabajamos, cada uno en un espacio diferente, pero juntos. En agosto también cambiará este panorama, mi esposo volverá a su oficina en otra ciudad y estará en casa dos veces por semana. Yo recuperaré el espacio de silencio y trabajo que acostumbraba a tener en mi propia casa, desde que mis hijos entraron a la primaria. Ahora vuelve ese tiempo, ese silencio. Me dí cuenta de que pocas veces pongo música al trabajar.

Por otra parte yo también enfrento cambios, mis canas más presentes, mi piel más arrugada y un gran avance en esa «sensatez» que mi madre siempre me recomendaba. Tengo paz y felicidad con mis actividades y la fuerza para seguir moviéndome y buscando luchas y sentidos. También vivo una nostalgia sana de desapego y restructuración.

Hoy hago una reverencia a la vida y sus momentos, al cierre de ciclos que son una bendición.

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De fuerzas ineludibles

Llevo muchos años escribiendo este Blog. Lo hago de manera esporádica y siempre diferente. Si tu lees lo que yo escribo, sabrás a qué me refiero, mi personalidad es muy compleja y creo que nadie, ni yo misma, podría encontrar una definición adecuada. Es que tengo alma de camaleón. Es que me adapto y tomo el color de las situaciones que me rodean, entonces los días de lluvia me hacen llorar y en los días calurosos ardo con un enojo incontrolable y rabioso.

A veces siento que soy una fuerza de la naturaleza, un impulso infinito que persigue lo imposible, que busca una calma que le está negada por la pura esencia que la conforma. Abro puertas estrepitosamente y me estrello contra ventanas haciéndolas añicos. Abrazo hasta la asfixia y río con borbotones de luz que desbordan los claroscuros de mi ciudad. Amo así, hasta el cansancio, me derrito en las miradas bondadosas y las palabras lúcidas, floto alrededor de las promesas que hacen lápidas en los cementerios. Creo con la fuerza del huracán y me estremece la corriente helada de la ignorancia.

Soy vida que ruge incansablemente, una lucha de fuerzas y desbalances se lleva a cabo cada día dentro de mi ser; escucho tus palabras y miro tu mirada, mientras me pregunto qué tan real eres, qué tan vacía, qué querrás ahora de mí. Me he vuelto vieja y loba que sabe de las confusiones y los sinsentidos humanos pero que evita meter la pata en el lodo que vas dejando en tu camino. Soy mujer loba que acaricia en su seno la memoria de la libertad, amarrada a sus emociones y encarcelando a la traicionera racionalidad.

Escribo este Blog para plasmar este volcán que me oprime el pecho, el vacío de voz que me inmoviliza, la mirada gris que observa el mundo. Escribo porque es otro impulso ineludible, porque me persigue, me obliga a vaciarme, me da ese descanso que de praderas floreadas. Si me lees, mírate a los ojos y busca en tu mirada el camino a mis palabras.

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Sin lentes

Cuando desperté lo suficiente como para empezar a pensar, sentí una ráfaga de aire helado pasando por mis pies. No tenía calcetines. Eso es algo extraño, porque yo siempre duermo con calcetines. Otras cosas más llamaron mi atención, en vez de estar en mi amplia cama, estaba en una cama muy estrecha, había ruidos que yo había asociaciado con el chirpeo de las aves en los jardines fuera de mi casa, pero que ahora, con más atención, podía escuchar en tonos mecánicos y agudos, era una máquina que iba bipando cada pocos minutos, intenté sentarme y no pude.

Estaba buscando mis lentes cuando una mano con un guante azul detuvo mi movimiento, me estaba hablando como desde fuera de una alberca, yo no alcanzaba a escuchar su voz, había algo de líquido y de ecos vibrantes que no me dejaban escuchar. Enfoqué la mirada e intenté decirle que estaba buscando mis lentes, sin ellos no veo nada, mi mano casi no se movía, los pies helados comenzaban a hacerme temblar. Mis lentes, carajo!

La mujer se acercó hacia mí y me acarició la cabeza, revisó las máquinas y se dió la vuelta. La ví irse de la habitación, pasar a través de unas puertas corredizas de crital y cerrarlas a su paso. Eran puertas, seguro, ella había pasado a através de ellas. Sin mis lentes no soy capaz de ver el mundo alrededor, pero estaba en un lugar oscuro y lleno de máquinas, parecía haber una cortina colgando frente a mí, pero bien podía ser una pared. Yo no podía moverme, algo me lo impedía, algo que no era yo estaba echándome aire y yo sentía una incomodidad, una profunda incomodidad que me hacía sudar. «Esto tiene que ser un sueño», me repetí, «basta que cierre los ojos otra vez y, cuando los vuelva a abrir, voy a estar en mi cama, junto a mi amado, cubriéndome los ojos de la luz que entra por la ventana de mi habitación si, eso es, estoy dormida, debo cerrar los ojos otra vez, serenarme, sí.. eso haré.»

Cerré los ojos. No pude ver al médico que entraba, no pude sentir el pinchazo de la aguja que tomaba sangre ni pude responder a sus llamados, El tubo de la respiración conectado a la máquina respiradora seguía haciendo su función, mis pulmones estaban relajados y trabajando, no había rastros de fiebre. La enfermerá me cubrió con una cobija los pies helados y salió cabizbaja de la habitación junto con un todavía más cansado y frustrado médico.

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De manzanas al horno

Mi abuela preparaba manzanas al horno. Manzanas rozagantes, rojas, brillantes. Las lavaba bajo el chorro helado del agua y después perforaba su centro cuidadosamente, no las atravezaba, eso es importante, pues necesitaba que quedara un agujero limpio y profundo pero que tuviera una base. Allí echaba azúcar, miel y canela. Metía las manzanas al horno por unos tantos minutos, no recuerdo exactamente cuántos, pero recuerdo cómo la casa empezaba a llenarse de ese aroma dulce e hipnotizante. El aroma de mi abuela de visita.

Vivíamos en la Ciudad de México, en una casa grande y de arquitectura indefinida, verde, con patios verdes y llenos de flores alrededor. Frente a la casa había una fuente rústica de piedra porosa gris, en su centro, parado sobre una piernita y con la otra piernita doblada, había un pequeño niño con rizos en la cabeza y desnudo. De su minúsculo pene salía un chorro de agua constante. Los pequeños pájaros solían bajar a bañarse allí, se revolcaban, sacudían sus alitas y con el pico se limpiaban, la fuente no era muy profunda y nunca estaba llena, por lo cual era el lugar perfecto para el baño de las avecillas. Mi madre siempre se alegraba «mira los pajaritos, se están bañando». Todo era alegría y había una luz límpida y brillante alrededor de la imagen.

Mamá venía de una ciudad pequeñísima en el sur del país, se casó con un citadino y se mudó a la gran ciudad. Tuvo 8 hijos, dos de ellos murieron pronto, uno murió al año de nacido, la otra murió al nacer. Quedamos seis y fuimos el centro y el foco de la existencia de mi madre. Cada verano viajábamos a Campeche, su ciudad natal y allí pasábamos un par de meses, felices, descalzos, consentidos. Allí teníamos una familia, primos y primas, sobrinos, tíos, tías y mi abuelita. Eran tiempos dulces, con esa suavidad de paletas de algodón, la suavidad acolchada de los ojos infantiles, donde las aventuras ocurrían cada día, el calor se filtraba en la piel y el sudor pegajoso recorría la cara.

Irnos de allí era uno de los momentos más difíciles de la vida, subirnos a la camioneta de mi padre por la madrugada para emprender el viaje de 24 horas. Mis padres empacaban todo, extendían cobijas en la parte trasera de la camioneta, almohadas por todas partes, cestas de comida; termos con chocolate caliente iban adelante entre las piernas de mi madre. Las maletas iban arriba, sostenidas en el gigantesco portaequipajes que, en cada viaje de vuelta, traía además cajas llenas de aguacate campechano, chile habanero, dulces típicos, cazón y tantas otras cosas que en casa, mi madre, prepararía en las ocasiones especiales. Mi abuelita se quedaba parada al centro de la calle despidiéndonos, levantaba su brazo y lo agitaba hasta que la camioneta habubiera desaparecido de su vista; nosotros, los despiertos, la mirábamos hacerse cada vez más pequeña, yo miraba a mi madre fijamente y me maravillaba su fortaleza, una lágrima quizá se le escaparía, pero ella volvería a tomar su papel de columna vertrebral, de guía, de copiloto y acompañaría a mi padre dictándole los contenidos de los letreros de la carretera, manejando hábilmente el mapa de carreteras, charlando y riendo con él.

Una vez al año, a veces en diciembre, la abuela nos visitaba a nosotros. La casa entraba en un furor intenso, las mujeres que ayudaban en la limpieza eran constantemente dirigidas y criticadas por mi madre «pero, por favor, pon atención que el polvo se ha quedado atrapado aquí tras la puerta» «mira, la ventana está todavía opaca» y nosotros, eramos constantemente expulsados de la zona de limpieza «váyanse a jugar a fuera, ahorita estamos limpiando» «cuidado y metan lodo en los zapatos!» y nosotros corríamos con el bate en la mano a jugar beisbol. Yo siempre, «loca como una cabra», como me llamaba mi madre, jugando con los hermanos mientras mi única hermana ayudaba solícita e interesadamente en la cocina.

Y llegaba mi abuelita, mis padres la recogían del aeropuerto. En casa la espera se hacía eterna, aunque en ese entonces la ciudad de México no estaba tan atestada de autos, aún era una distancia considerable por recorrer. Una hora de camino, más el tiempo de la espera y el desembarque, recoger el equipaje y en mi mente cada paso se traducía en tiempo, tiempo eterno, tiempo de espera, tiempo de emoción. La abuelita llegaba cargada de regalos, su maleta llena a reventar y un par de cajas cerradas fuertamente por sogas campechanas. Mi padre siempre hizo bromas sobre eso, los campechanos y sus cajas. A veces, volviendo de algún viaje, si mientras esperábamos frente a la cinta transportadora para recoger nuestro equipaje, veíamos pasar algunas cajas, mi padre se reía y decía con su voz fuerte y sin disimulo: «seguro que en este avión vienen campechanos, mira las cajas!» y mi madre le jalaba el brazo y lo reprimía. «Oye, no hagas bromas, eso no es chistoso» y yo buscaba los ojos de mi padre para decirle tácitamente que su broma había sido buena y que yo me había reído con él.

Recuerdo perfectamente que siempre, en la primera o la segunda noche que pasaba en nuestra casa, mi abuelita, forrada con medias altas, pantuflas de lana, chales y más chales, mientras se quejaba del eterno frío de la capital mexicana, nos preparaba sus manzanas al horno, manzanas dulces, manzanas con miel y canela, manzanas familiares que hoy no existen más.

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De la infancia

Con el mundo cayéndose a pedazos, las relaciones reales son las más valiosas. Para Carmen ése era un saber adquirido conforme su vida avanzaba, la manera en que iba construyendo su existencia y sus relaciones con las demás personas fue volviéndose cada vez más compleja. Desde sus primeros recuerdos en el jardín de niños, la pequeña niña tenía un halo de soledad rodéandola, un halo oscuro y silencioso que la hacía diferente a todos. Sin embargo, fue ella quien siempre alzó la voz, la pequeña líder que sugería al grupo amotinarse por su derecho a salir a comprar refrescos en los días de mucho calor, o la que decidía el espacio de juegos para el grupo. Se sabía fuerte y diferente, esos eran sus superpoderes.

Carmen no tenía cualidades especiales que la destacaran físicamente de los demás, sus rasgos eran comunes y su cabello era bastante poco llamativo, su quebradiza y delgada naturaleza le impedían colgarle adornos llamativos; su nana la peinaba siempre con un par de ligas, le jalaba el cabello hasta dejar una superficie brillante y estirada pegada a su cráneo pero, tras un día de juegos y escuela volvía a casa sin las ligas y con los delgados cabellos colgando desordenados a ambos lados de la cara. Durante años le contaron que peinarla cuando ella no quería ser peinada era toda una odisea, la nana primero intentaba rogándole, hablándole bonito en ese idioma sólo de ellas dos, pero frente a la lucha corporal, las contorsiones y el llanto desenfrenado de Carmen, la nana llamaba a la madre quien, con voz dura y amenazadora le ordenaba dejarse peinar: «ya basta! pues tú que te crees? animalito salvaje? basta ya, he dicho!» pero Carmen se retorcía sin tregua y soltaba manotazos y patadas al aire, buscando desesperadamente el aire vital de su aura oscura, quería que la soltaran, que no le tocaran la cabeza y, menos aún, que le jalaran el cabello con esos instrumentos de tortura.

Una tarde legendaria, el padre de Carmen la llevó con él en su auto, ella iba emocionadísima, era muy raro que solamente ella fuera invitada, que los dos salieran a pasear. Carmen era la quinta hija y, aunque no hay quinto malo, sí hay quinto olvidado, al menos esa era la percepción que Carmen cargaría toda su vida. Esa tarde, Carmen y su padre salieron felices de la mano, él la sentó en el asiento del copiloto y mientras cantaba para ella, manejaba alegre y distraído. El destino fue la peluquería del barrio, allí mismo donde él y los 4 hermanos varones de Carmen recibían sus cortes de cabello mensual. Sentada en la vieja y desgarbada silla de la peluquería, sobre 2 directorios amarillos para que el peluquero pudiera alcanzarla, Carmen fue liberada de su tortuosa cabellera rala. Pasó a ser una más de las cabezas de cabello corto que corrían por la casa a toda velocidad. Solamente su hermana era poseedora de una cabellera larga que lucía con orgullo en dos largas trenzas que la propia madre arreglaba amorosamente cada mañana, ella sí que era femenina, no como la cabra loca de Carmen, que uno no podía diferenciar de la bandada de hermanos con los que jugaba cada tarde.

En la primaria había sido amiga de todos pero nunca había conocido la amistad que retrataban novelas, donde algunas chiquillas cultivaban el acercamiento y la confidencia desde su más temprana edad. Para ella, la amistad era un vículo que se renovaba cada día pues nunca tuvo contacto con ninguna niña o ningún niño después de la salida de la escuela. El chofer la llevaba cada mañana desde su casa hasta el alejado barrio residencial donde se encontraba su escuela. En el auto iban invariablemente Carmen, Ana, Jorge, Ronald y Pablo, cinco de seis hermanos que, en turnos, eran entregados a las puertas de sus colegios privados. Su chofer era un expolicía, delgado y misterioso al que Carmen apreciaba genuinamente. A Don Román el chofer le faltaban los dientes del frente, quizá los había perdido en un enfrentamiento a golpes contra fuertes criminales se decía Carmen cuando lo observaba en silencio, se enorgullecía de él y su valor, y lo tenía por uno de los hombres más fuertes del mundo además de su padre. Claro que ella no sabía que Don Román había perdido los dientes a causa de la falta de higiene y a la mala nutrición característicos de la mayoría de la población de origen humilde de su país; sin embargo, esa capacidad de Carmen para explicarse la vida de los demás en términos fantásticos fue mutando poco a poco en una gran capacidad para amar de entrada y sin cuestionamientos, para aceptar a los demás en el paso por su vida y para confiarles abiertamente cada uno de sus sueños y pensamientos. Todo esto fue abonando su naturaleza empática y abierta que, para las relaciones humanas, idealmente serían fortalezas — eso en un mundo donde los humanos a quienes se les abre el corazón se cobijan y se alegran, donde los humanos que dicen cosas hablan con la verdad y donde las personas genuinamente reciben en su alma a los demás pero, para el dolor constante de Carmen, ese no era el mundo en el que ella vivía.

Al menos esas no eran las personas que había conocido. Hasta que un día ese mundo se cayó a pedazos y de entre los escombros salieron otras personas que, como Carmen, poseían la magia ineludible del amor valeroso. Esas personas, esas sobrevivientes comenzaron a formar parte de su vida.

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Ya se va…

Ya se va el señor otoño, ya se va… llegan las nubes gruesas con sus grises tenebrosos; llegan gotas de lluvias que caen heladas en mi corazón… viento que sopla que me limpia y me devora… señor invierno llega ya.

Una piel que se acurruca mientras oye tu canción, las manos que me tocan prometen un temblor y allí está, la niebla que oscurece la claridad del sol.

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