De túneles y alas.

Escribo para despejar la niebla que cubre mi pensamiento. Las palabras con como pequeños guijarros blancos que quiero depositar en el camino a través del túnel oscuro de la vida. No son guijarros que puedan ayudarme a encontrar la salida, son guijarros que dejo a quienes vienen detrás mío, como testamento de la posibilidad de pasar a través de la oscuridad y salir ilesos.

No sirve sentarse a llorar a la mitad del túnel, no tiene sentido. El llanto oculto en la oscuridad sacude las entrañas de la tierra, provoca la crecida de las mareas, genera una neblina capaz de opacar las estrellas en el cielo. No llores sentado en el túnel oscuro de la vida.

Respira con suavidad, espera que tu aliento se normalice, que tu pecho deje de agitarse convulsivamente y despéjate. Aguza los sentidos, dilata las pupilas, que en el túnel oscuro de la vida también hay vetas de oro que se encuentran fundidas con la roca húmeda que tanto te asusta. Acaricia las entrañas de la Madre Tierra y mira la luz que acarrea en su viente, el oro no sirve para nada, no pienses en anillos ni en collares, cubiertos o medallones. El oro es la luz condensada de la Madre, que aguarda para alumbrar a los hijos que se quedan sentados en el túnel oscuro de la vida. No lo arranques, déjalo brillar.

Cuando respires otra vez y aceptes la luz dorada que la Madre Tierra pone a tu servicio, entonces las columnas de tus piernas fuertes y flexibles se moverán con alegría y avanzarán por el camino, tu espalda se doblará cada poco tiempo para recoger entre tus dedos, los guijarros blancos como dientes de leche y los acariciarás, recibiendo el mensaje de esperanza que te fui dejando hace siglos, como promesa de posibilidad.

Vas a salir ileso del túnel oscuro de la vida, te lo prometo. Vas a aguantar el aire como los niños que se avientan por primera vez al mar y tardarás un rato en sentir la bocanada liberadora de la luz; el túnel de la vida se te va a ir cerrando, desapareciendo, pero frente a tí, los céspedes glamorosos del destino se abrirán como tapetes de flores y mariposas a tu paso. En la primera banca que veas libre, justo a la orilla de un maravilloso valle fértil y vaporoso, estará mi abuelo esperándote para platicar como lo hizo conmigo hace tantas noches. Su mirada clara y su boca franca parecerán haber estado siempre allí, aguardando tu regreso al valle de las flores que danzan con tu ser.

Y te llenarás de plenitud y de luz, y tus alas encubiertas se abrirán de golpe y podrás dar saltos y pituetas de felicidad. Y bajarás al valle y tocarás el césped y los manatiales, comerás la fruta hermosa que volverá tus tejidos fluorescentes y así, en ese espacio de amor infinito los verás, los ojos de tus hijos, de tu amada, de tus hermanos y del amigo que se te había extraviado, todos radiantes y felices, bailando al son de la brisa mágica del rincón del mundo, donde sea que uno sale cuando abandona el oscuro túnel de la vida, papá.

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El tiempo que se nos va….

Como granos de arena dentro de un reloj, la vida se te va escapando. Impávida, desde el otro lado del espejo, miro tu cabello gris crecer y opacarse. Cómo empezar a despedirte, papá?

Sabes que a veces, cuando hay tormenta, yo canto bajito bajito Juan Charrasqueado?

El amanecer en la casa de mi infancia era siempre un tanto apresurado, al pie de la cama estaba listo mi uniforme escolar, tú preparabas silbando y sonriendo el desayuno típico de papá, ya fuera camote con leche o jugo con huevos crudos adentro. Ponías los platos hondos frente a nosotros y a mí me entraban unas ganas enormes de llorar, ambos desayunos me eran tan repugnantes que prefería tragarme el jugo sin respirar y correr al baño para lavarme los dientes, con escalofríos, haciendo muecas y casi limpiándome la lengua. Tendría unos 8 años. La alegría asomaba entonces por la puerta y me decía que papi nos llevaría a la escuela, no había chofer ese día, era mi padre que, al volante de su gigantesca camioneta verde repartiría a sus hijos en las respectivas escuelas. Los tres mayores iban a la Academia Militarizada México, que estaba en Tacubaya frente al mercado, los tres restantes íbamos al Colegio Fátima Familiar que estaba en San Pedro de los Pinos; era una travesía de 40 o 50 minutos. Mi papi entonces, tras dejar a los muchachitos en la militarizada, comenzaba a cantar su corrido de Juan Charrasqueado, que era valiente y arriesgado en el amor… con el cuerpo moviéndose alegre, yo cantaba con él.

Pero los granos de arena no dejan de caer aunque yo esté recordando toda tu vitalidad, papá. El tiempo se burla de los recuerdos, los salta como conejo y sigue marcha pa’ lante.

Cuando estaba en la secundaria, también se encargaba de llevarnos por las mañanas, para ese entonces, mi papi ya se había enterado que yo no soportaba sus desayunos y me tocaba a mí decidir qué desayunar. Con tal de dormir un poquito más, saltaba de la cama, me arreglaba y, tras lavarme los dientes, me subía al auto con el estómago vacío. Papá ni me preguntaba si había desayunado, iba ocupado viendo la hora y tratando de que no llegáramos tarde tomaba atajos y se pasaba los semáforos, siempre fue un tanto atrabancado para conducir. No mencionaré todos los insultos que profería y que yo, sonriendo, iba aprendiendo con todo orgullo. Papá amaba manejar y fumar y pelear con los otros conductores. Escuchando su radio de noticias y música mexicana, abriendo la ventana para sacar el brazo y marcar que iba a dar la vuelta o para gritarle algún improperio a algún atarantado conductor. Yo me bajaba a veces hasta mareada del auto y corría a esconderme con mis amigas para fumar el primer cigarrillo, nuestro “desayuno del diablo”. Cuando un día me descubrieron fumando, me expulsaron. Mi escuela era dirigida por Padres Maristas, sacerdotes, rígidos y con reglas para el buen comportamiento que nos repetían cada vez que era posible. Así que mi cigarrillo de mediodía detrás del laboratorio de física fue mi perdición, fui a parar a la oficina del rector y de allí a casa, con una nota explicando la causa de la expulsión. Nunca voy a olvidar su carcajada alegre al leer la nota, su “esta cabrona” y la mirada reprobatoria de mi madre exigiéndole “no le hagas fiesta, regáñala, lo que hizo no está bien” y mi padre, casi atragantándose con la comida -porque yo, obviamente esperé hasta el momento de la comida para entregar casualmente la nota- mi padre, recobrando la compostura, bajando levemente los lentes por la nariz y mirándome serio. No recuerdo el castigo ni las palabras. Recuerdo la mirada.

Y ahora tu carita en la pantalla de mi teléfono, estás cansado, perdido en algún lugar donde la vida ya no tiene retos, ni emociones, ni simplezas. Miras al infinito de la pantalla de la televisión mientras soportas el dolor. Yo te hablo, te hablo todo el tiempo y sé que me escuchas y me cantas en silencio, papá.

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De trenes y vacíos

A mis hijos, cuando eran pequeños, les fascinaba ver pasar trenes. Debo confesar que a mí, hasta el día hoy, esos largos gusanos metálicos, gigantes, veloces, y tan poderosos, me parecen fascinantes. En México nunca me subí a un tren, en ese tiempo había muy pocos funcionando y creo que solamente abarcaban rutas hacia el norte del País, una zona a la que no acostumbraba viajar, mi delirio ha sido siempre el sur.

En Suiza hay trenes por todas partes, grandes, modernos, azules con blanco y rojo, locomotoras y trenes de carga. Es una manera mucho más eficiente y amigable con el medio ambiente para viajar; uno puede atravezar todo el país en tren, sentarse cómodamente y leer mientras el gran gusano metálico avanza a toda velocidad. Hay trenes con restaurante y, para felicidad de los padres, hay trenes con juegos para los pequeños. La experiencia de vivir pendiente de los trenes era nueva para mí hace diez años. Esa puntualidad abrumadora, de un tren que llegaba y partía exactamente al minuto que estaba anunciado es, hasta el día de hoy, algo que me llena de alegría, honestamente. Claro que algunos trenes se retrasan, Suiza es lindo, pero no es perfecto.

Hace diez años, mi hijo Philipp tenía 2 z medio añitos y Leon tenía 1 año. Mi vida estaba completamente centrada en cuidarles, pasaba las horas metida en casa con esos pequeños paquetes llenos de mocos, risas, pañales y fragilidad. La música sonaba sin parar en el estéreo, porque yo siempre creí en la máxima de que la úsica calma a las fieras, así que ponía música clásica, canciones infantiles y algunos discos mecxicanos anticuados y melancólicos, todo con tal de evitar el rock ruidoso o la música que pudiera acelerar a las crías. Así y todo, en algún momento indefinido del día, me venía una sensación de ahogo, una suma de cosas que había que hacer o que ya había hecho o que no quería hacer. Lavar, ordenar, cocinar, ver televisión…. un vacío infinito de mi privacidad y ese espacio que había cultivado siempre para leer, fumar, dormir o simplemente reflexionar. Ese espacio no existía más, en cuanto intentaba escapar de los chiquillos, cuando estaban bien entretenidos jugando o durmiendo, algo pasaba y la atención se enfocaba en mí. Corrían como pequeños imanes tras de mí y yo pasaba de la frustración a la risa y volvía a echarme a jugar con ellos.

Pero en los días donde mi fortaleza no alcanzaba para sacar la risa, le decía a mis chiquillos “hey! vamos a ver el tren! listos, listos, zapatos, manita, a correr, que sí lo alcanzamos” y caminábamos a paso firme hasta la estación cercana a casa, nos sentábamos en la banqueta y esperábamos contentos y emocionados la llegada del tren. Los chiquillos aplaudían, se emocionaban, saltaban y yo, los agarraba con toda mi fuerza de las manitas…. entoces la campanita de las barreras al cerrarse comenzaba a sonar y yo les decía susurrante “listos?” y cuando el tren pasaba frente a nosotros gritábamos con todas nuestras fuerzas, con toda el alma, gritos casi apagados por el ruido incontrolable de un tren pasando… los chicos gritaban y se carcajeaban, yo gritaba y a veces hasta se me saltaban las lágrimas. Fue la mejor terapia que pude experimentar en esos días. Después, tranquilamente nos volvíamos a casa, riendo, jugando, yo cargándolos por turnos, ellos corriendo y escapando… hasta llegar al próximo columpio, al próximo parque, al próximo día de trenes.

Corriendo hacia la estación* // running to the Train station

Of Trains and emptyness

When my children were small, they were fascinated by seeing trains go by. I must confess that those metal worms, giant, fast and so powerful amaye me until this days. In Mexico I never got on a train, at that time there were very few trains working and I think they only covered routes to the north of the country, an area I was not used to traveling to, my delirium has always been the south.

In Switzerland there are trains everywhere, big, modern, blue with red and white, locomotives and freight trains. It’s a much more efficient and environmentally friendly way to travel; one can cross the whole country by train, sit comfortably and read while the big metal worm is moving at full speed. There are trains with restaurants and, for  the parents delight, there are trains with cabins with small parks for the little ones. Ten years ago, the experience of living nearby trains was new to me.. That overwhelming punctuality, of a train arriving and leaving exactly the minute it was announced is, to this day, something that fills me with joy, honestly. Of course some trains are delayed, Switzerland is nice, but it is not perfect.

Ten years ago, my son Philipp was 2 and a half years old and Leon was 1 year old. My life was completely focused on taking care of them, I spent my hours at home with those little packages full of snot, laughter, diapers and fragility. The music played nonstop on the stereo, because I always believed that music calms the beasts, so I played classical music, nursery rhymes and some old-fashioned, melancholy Meccano records, all in order to avoid loud rock or music that might accelerate the youngsters. Still, at some indefinite moment of the day, I would get a feeling of drowning, a sum of things that had to be done or that I had already done or didn’t want to do. Washing, tidying up, cooking, watching TV…. an infinite emptiness of my privacy and that space I had always cultivated for my reading, smoking, sleeping or simply reflecting. That space no longer existed, as soon as I tried to escape from the kids, when they were well entertained playing or sleeping, something would happen and attention would focus on me. They would run like little magnets behind me and I would go from frustration to laughter and play with them again.

But on the days when my strength was not enough to bring out the laughter, I would tell my children “hey! let’s go see the train! ready? set, shoes, hands, run, we’ll catch it up!!!” and we would walk at a steady pace to the station near our house, sit on the sidewalk and wait happily and excited for the train to arrive. The kids would applaud, get excited, jump and I would grab their little hands them with all my strength …. then the little bell with the barriers closing down would start ringing and I would whisper “ready? “and when the train passed in front of us, we would scream with all our strength, with all our soul, screams almost extinguished by the uncontrollable noise of a passing train? the kids would scream and laugh, I would scream and sometimes even burst into tears. That was the best therapy I could experience in those days. Afterwards, we would quietly go home, laughing, playing, me carrying them in turns, they would be playing running and escaping… until we reached the next swing, the next park, the next day of trains.

 

 

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De películas y despedidas

Este año con su encierro encierro obligatorio por el COVID19 va a dejar una huella perdurable en mi vida. En los meses de encierro, he podido hacer una pausa y reflexionar, mirar lo que he construido y lo que he debido pagar por ello. Este año por fin he consolidado un aprendizaje que habrá de guiarme de aquí en adelante.

Como una señal que parpadea brillante en la noche oscura, empecé a toparme con la expresión “pérdidas de humanos que no han muerto”. La leí un par de veces en posts de Facebook, en Twitter y creo que hasta en instagram. Las redes sociales parecían llamrme hacia un espacio al que yo no quería ir, interesante, esta vez no necesité de ninguna terapia o de ninguna experiencia extra sensorial. Las redes sociales me estaban hablando, título para cualquier novelita barata de ciencia ficción.

Sin embargo, este oleaje me llevó a la isla que yo había dejado desierta, la de las personas que, aquí en mi nueva vida como migrante, he amado y se han ido.

Las pérdidas de humanos que no han muerto es muy dolorosa, pero poco a poco veo con claridad que cuando he creído “perder” amigas “entrañables”, realmente estaba recibiendo una enseñanza más de mi amada vida. Hoy la tomo y la agradezco. He aprendido que yo no he cumplido las expectativas de otras personas, no he desempeñado los papeles que ellas decidieron que yo debía desempeñar ni he podido saber a ciencia cierta cuáles fueron las faltas que , en su percepción, cometí. Por un tiempo estuve triste y preocupada buscando mis errores, extrañando esa amistad… hoy estoy fortalecida porque entiendo, por fin, que esas relaciones y sus rupturas no tuvieron nada que ver conmigo, que esas personas realmente conocían una Chantico que ellos habían inventado y que tras levantar sus mazos de jueces, la sentenciaron desde su película de ficción.

Fui parte de una película cuyo director no se molestó en explicarme mi papel. Yo viví relaciones bellas, amistades de tiempos sonrientes y grises, ofrecí mi amor y compañía cuando me fue posible. Me quedo con eso. Me alegro que hoy puedo verlas con claridad. Despedirlas con respeto y aprender que esta soledad que han dejado en mi vida, me enriquece mucho más que una falsa amistad.

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De llamadas y ventanas

Cuelgo el teléfono. La llamada ha sido más larga de lo habitual, tengo la oreja derecha caliente y enrojecida; también tengo un remolino de energía emocional ocupando el centro de mi pecho. Hablar de mi vida con alguien de mi familia es un evento muy interesante, casi espectacular y es que al paso de los años, siendo migrante, las comunicaciones familiares se vuelven muy pragmáticas: hablamos de la salud de los padres o los sobrinos, hablamos de la situación política del país, de los cambios de estado civil de algunos conocidos o parientes, de los precios de boletos de avión, de las muertes y los nacimientos.

Ponerme a platicar mi vida con detalles cotidianos, como la compra, mis sueños, las bromas de mis hijos y mis comidas favoritas en esta ciudad, son charlas que quedan siempre pendientes para cuando “haya tiempo”, para cuando nos volvamos a ver. Y si por suerte consigo viajar a mi país, justo esas charlas no las mantenemos, no sé, se me escapa lo cotidiano frente al despilfarre emocional y exhuberante de la cercanía. Y no solo me pasa con la familia, me pasa con los amigos y las amigas, las personas que poblaban mi universo social desde la infancia y que crecieron conmigo, se enamoraron conmigo, de mí y contra mí. La gente que me conocía y venía a casa para charlar en las noches de verano, con muchos vinos y cervezas, risas y bailes. Sí, confieso que bailábamos salsa en mi pequeñísimo departamento de soltera en el barrio de Coyoacán. Esa gente eran y son mis amadxs. Rescatistas solidarixs, traviesxs compañerxs, psicólogxs silvestres y no tan silvestres. Mi banda. Pues cuando lxs he vuelto a ver me llueven las palabras, hay cascadas de cuentos intervenidos, bromas interrumpidas y delirios de risa y recuerdos espumosos. La cotidianeidad se me vuelve a escapar por la ventana. Me siento en la obligación de narrarles puras cosas relevantes y bueno, si mi cepillo de dientes es de bambú, no parece interesante.

Colgando el teléfono me puse a pensar en cómo sería charlar con mi muerte. Intentaría disuadirla de llevarme, recurriendo a artimañas típicas de cuentos populares? Un cuento me ha venido a la memoria, no recuerdo el nombre pues lo leí hace tiempo. Un detalle interesante es que lo leí en alemán y es un cuento para niñxs… una narración para ayudarles a comprender la muerte. Lo compré hace años para mis hijos, pues eventualmente tendrán que enfrentar la muerte de personas que hayan sido importantes en su vida, tener un libro sobre el tema me hace sentir un poquito preparada… armadura de papel.

Bueno, pues el cuento narra la historia de cuatro huérfanos de padres que viven con su abuelita; la anciana es buena y generosa, los ha cuidado, criado, amado y guiado. Los chiquillos la aman. Una tarde la abuelita les avisa que no se siente bien, ella ha estado cansada y triste por bastante tiempo ya, los chicos perciben que algo no está bien con ella. Cuando llega la hora de cenar, los cuatro se sientan a la mesa, mientras comen en silencio alguien toca a la puerta. La hermana mayor se levanta y abre, una figura alta y vestida de negro entra silenciosa a la casa y se sienta a la mesa. Todos saben que viene por la abuelita y el hermanito menor comienza a contarle historia tras historia, en un intento desesperado por mantener a la figura allí, con ellos. Pacientemente la muerte escucha los cuentos, pero al llegar la noche, se levanta, acaricia la cabeza del pequeño y sube la escalera. La hermana mayor lo abraza protectoramente y le agradece los cuentos que ha inventado para la abuelita. Juntos suben en el momento exacto en que la muerte baila con la abuela mientras abandonan esta dimensión. La ilustración al final de cuento es muy hermosa, sale el sol, los tonos son dorados y rosas, hay alegría en el aire, la abuela ríe. Los niñxs lloran y ríen, la ventana abierta se va quedando sola.

Si hablara con mi muerte, le pediría que me lleve bailando, así, abrazada y dando vueltas, mientras nos reímos a carcajadas y los tonos de cielo pasan de rosas a morados y naranjas y amarillos. Y mis hijos sonríen…y me dicen hasta pronto. Como yo lo haré algún día también, cuando tú te vayas de mi lado.

Creo que por eso no hablo mucho por teléfono, porque me pongo a escribir para acallar al torbellino emocional. La fuga de palabras me ha llevado medianoche, es tiempo de dormir.

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De amalgamas y superposiciones

Disciplinadamente intento obedecer el impulso irreductible de escribir. Conecto la computadora a la toma de corriente y me animo a realizar una práctica de yoga guiada por you-tube. El silencio en casa es reconfortante, las asanas me devuelven el calor y la fluidez en la sangre. Lentamente, los pasos de mi hijo que se ha levantado, se acercan a mí. Yo prosigo con mis movimientos mirando fijamente la pantalla, me gusta que la instructora diga palabras mal pronunciadas con esa suavidad que parece implicar la práctica mística del yoga. Letras arrastradas y movimientos firmes, palabras chuecas y mi espalda tensa. Sonrío. Me gusta que la vida sea esta superposición de elementos que se articulan instantáneamente. Mi hijo me mira fijamente, me dice buenos días y yo le pregunto si quiere desayunar. No responde. Le doy una instrucción breve y clara mientras hago un estiramiento: si quieres desayunar ahora mismo, prepárate algo, si quieres que desayunemos juntos, debes esperarme. Me va a esperar, eso responde, y regresa con paso ligero a su habitación.

Silencio, un par de Asanas más, una rendija de luz y un viento fresco que entran por la ventana. Salgo al balcón y siento cómo la felicidad ambigüa de estos tiempos me oprime el pecho. Sonrío. Tengo suerte de estar viva, hoy en Palestina muchos no la tienen más. Parece que España anuncia una nueva ola de Covid-19, en México las cosas no mejoran con esta enfermedad, además que los de Frena se salieron a manifestar.

Una avispa vino planeando hasta mi balcón, se sentó junto a mí y de tan quieta que la ví decidí darle un poco de beber, fui por agua con azucar y dejé caer unas cuantas gotas junto a ella, cansada y muy despació se puso a beber, la miré como ese ojo infinito que se asoma a un universo paralelo. La avispa ya no se movió.

Estaba pensando en la muerte de la avispa, en la muerte de tantos humanos, en la muerte de los sueños y la muerte de la paz. Alrededor mío hay tanta belleza y yo encuentro otra vez esa superposición extraordinaria de momentos y convicciones, de verdadera comprensión. Esta amalgama que es la vida se nos muestra a cada instante, la ceguera es nuestra, como marca de la cruda civilización.

Mi hijo ha vuelto y tomamos juntos desayuno en el balcón, la avispa no ha terminado de morir, se mueve lentamente, se aleja de mi mirada. Me imagino que en su muerte desea un poco de privacidad.

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He vuelto

Estaba buscando un espacio vacío, un pozo oscuro, un cuarto de silencios y no los hallaba. Estaba buscando recuerdos conjugados, momentos delicados y alegrías espontáneas y tampoco las hallaba.

Estaba buscando mis gafas perdidas, mis cuentas gastadas y mis notas de trabajo, como en un laberito camino por la vida y por mi casa. Las esquinas a veces son demasiado curvas y las horas demasiado saladas. En cada cosa perdida está un pedacito de sentido, soy parte del flujo eterno, me mantengo en las orillas y me fragmento en la corriente, en la corriente del río, ese en el que no puedes bañarte nunca dos veces. Movimiento eterno, búsquedas atadas a las bromas de la vida.

Estaba buscándome otra vez hace un ratito, mientras las caricaturas suenan en la tele, los críos se desdibujan en una fiebre ponzoñoza, el bipido del termómetro me devuelve a las tareas maternas, espera un segundo, le doy algifor al niño.

Buscando y buscando encontré por fin la clave para entrar a este Blog, el olvidado espacio donde puse tanto empeño hace demasiados años, cuando yo era esa la que no soy hoy. Alegre y envalentonada hoy retomo la tarea, reescribo en este espacio blanco que andaba buscando desde hace varios meses… porque las palabras me han acompañado siempre y en los tiempos de silencio, donde yo realmente salgo a saludar, allí las palabras buscan el fuego que las dejará marcadas y la sangre que las hará brillar.

 

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La búsqueda del Tesoro

  1. Encontrando el tesoro

Philipp está junto a mí, me dicta con mucha seriedad una historia que yo intentaré reconstruir en español. Su cuerpo delgado se recarga cómodamente en el escritorio, mientras que su mano derecha juega nerviosamente con el mouse de la computadora, intenta descifrar las miles de palabras que mami escribe en el ordenador.

Cada párrafo le emociona un poco más y me explica en su español truncado con palabras mal pronunciadas del alemán, lo que sigue. Se revuelve un poco molesto al ver que yo subo de párrafo y me aclara que aún no ha terminado, que me equivoco y, tras suspirar, pone su carita sobre la mano que se apoya en el escritorio y me espera.

Recién llega mi León, mi segundo hijo que inmediatamente se suma a esta historia de equipo, lo hace con su estilo estresado y apurado, exigiendo participar inmediatamente y, al tiempo, quejándose por no comprender de qué va la historia.

Recién terminando el primer capítulo de la historia, los pequeños ya han perdido interés, se revuelcan juntos en la cama, luchando y pateando, trenzados en una competencia eterna que su vida como hermanos les ofrece experimentar. Yo los miro y, con los ojos enrojecidos por la mala noche que pasé, les decreto que por hoy es suficiente, el capítulo segundo deberá esperar hasta mañana. Protestas apagadas y nuevos juegos por jugar les acompañan, salen de mi habitación y desde aquí escucho el nuevo juego, la historia de piratas que se vive en un mar de Philiplandia, no muy lejos de mí.

Capítulo 1. En el bosque

Había una vez 40 ladrones que un día decidieron entrar al bosque; para su sorpresa, el bosque tenía una gran puerta dorada que cerraba el paso a los visitantes. Consultaron entre todos para ver quien llevaba un martillo, pensaban intentar romper la gran puerta. Dossein llevaba un martillo, lo tomó con mucha fuerza y lo arrojó contra la puerta. Pero la puerta no se rompió, ni siquiera le hizo una pequeña marca.

Los 40 ladrones estaban desanimados pero, para su suerte, tres cazadores aparecieron. Los cazadores cargaban 30 martillos y, muy amables, se los prestaron a los ladrones. 30 fuerte ladrones tomaron los martillos y los lanzaron al mismo tiempo contra la puerta. Pero la puerta otra vez no se rompió, ni siquiera un poquito. Todos se enojaron muchísimo. Pero, para su suerte, en ese momento llegaron otros 14 cazadores.

Estos 14 cazadores traían 1000 martillos más. Los cuarenta ladrones, más los primeros cazadoes y con los últimos 14 tomaron los martillos y, después de tomar mucho aire y poner toda su fuerza, lanzaron 57 martillos. Cuando la lluvia de martillos llegó a la puerta, ésta se abrió sin haberse roto ni un tantito.  Después entraron todos juntos, ladrones y cazadores. Apenas si habían dado unos cuantos pasos cuando un lobo gigantesco, gris y con grandes colmillos saltó frente a ellos. Tal fue su susto que todos salieron corriendo despavoridos. La puerta se cerró tras ellos.

 

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no hay palabras

En el atardecer la luz es mucho más brillante, casi es mágica. La luz que rodea la vida y las nubes se pone de color rosa y los naranjas incendiados del sol se funden con rojos y dorados y líneas blancas y azules que comienzan a desaparecer. Este cuadro de colores cambiante y fuerte nos entrega muchas veces reflexiones que parecen proceder de conexiones mágicas con el cosmos, o simplemente, de la serenidad y la paz mental que fue posible alcanzar en ese momento.

Como el atardecer es la vida a los cuarenta, es ese revoltijo de colores y pasiones, de luces y certezas que va llenando cada uno de nuestros actos.

Para tomar una cosa nueva debemos abrir las manos y soltar aquéllo que hemos agarrado antes, es difícil aceptar que nuestras manos son finitas y que les falta fuerza y tamaño para agarrarlo todo; yo he abierto mis manos y se me ha ido escurriendo poco a poco el trabajo que hacía cada miércoles en mi pequeñísimo salon. Abrí las manos y el viento entrometido se encargó de hacer volandas con mis horas de regocijo y de atención. Hoy estoy de luto yo también.

Hasta un par de años yo era un torbellino, un gran cono de viento poderoso que cruzaba las laderas del mundo con fuerza y con pasión, ahora el torbellino ha descendido , se ha enfriado y trata de ser brisa suave que acompañe la siesta de los niños y de las vidas en flor. Quiero ser suave para rozar el mundo imperceptiblemente. Quiero ser amable con los ojos que me topo cada mañana en el espejo, así, sin torbellinos que se agiten y me impulse, antes bien la pura luz de la mañana que se augura en el fuerte atardecer. Y tambiés estoy de luto porque sin la fuerza del torbellino a veces no me movilizo, me quedo detenida frente al teatro del mundo y me niego a jugar ni una obra más. Entonces el viento me envuelve en esa certeza silencio de no poder ya nunca ser parte de esto o de aquéllo o de lo que sea más.

En este atardecer percibo que mi vida se acomoda en un orden que nunca me imaginé, pero la luz dorada y roja de las nubes me inunda las ventanas. No hay palabras.

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Amiga

Ya pasó el tiempo amiga, ya se nos han muerto nuestros padres. Recuerdas los tiempos en que yo visitaba tu casa y subíamos corriendo las escaleras hasta tu habitación? allí escuchábamos Depeche Mode y leíamos textos de algún famoso escritor, nos encontrábamos en las diferencias y nos platicábamos entre risas nuestros sueños de juventud. De qué tanto hablábamos? Horas y horas invertidas en un arsenal de pequeñas experiencias y grandes sueños. Recuerdas que me perforaste la oreja con un compás?

Ahora ya no podremos hacer esas cosas nunca más, las músicas se han quedado guardadas en viejas cintas que nuestras grabadoras se niegan a tocar; las casas de la juventud están temblando en sus frágiles cimientos, recubiertas por un moho sutil y polvoso; las escaleras llevan a pequeños desvanes, almacenes imporvisados de la historia familiar; ya no están nuestras camas, o si están, se encuentran sepultadas bajo los adornos de la navidad, grandes cajas desvencijadas que nadie abre ya.

Hace tres años que regresé a mi país natal, regresé para despedirme de mi madre y también me despedí de todo lo demás. Nunca supe cuánto la quería hasta que se fue. Un lugar común de la historia de la humanidad, pero tan real. Sin embargo con los años me encuentro a veces charlando con su sombra en la oscuridad, su partida es algo que por momentos casi olvido, su presencia es ahora muy actual. Mi madre es paradigma y reflejo porque a ella le dirijo esas dudas y preguntas que no interesan a nadie más. Supe que tu padre tampoco está en este plano terrenal. Lo recuerdo tan bién, esos gorros de lana apretada y su suéter de Chinconcuác. Arreglando autos, moviéndose siempre con sus chinos y maestros, devoto de toda su tribu familiar. Un ejemplo de buen humor y de ideas grandiosas, me parecía siempre que combinaba con mi padre, nomás más activo y terrenal.

Cuántas aventuras tuvimos juntas, cuántas quisiera recuperar; me esfuerzo por traerlas a la memoria y me vienen imágenes a gran velocidad; la puerta de tu casa, los perros, los colores, la comida deliciosa de tu mamá. Esos romeritos! para no olvidar y mira que hace casi treinta años desde aquélla idílica vida. Hoy ví tu página en internet y los recuerdos me cayeron como lluvia, hoy te honro mi querida amiga y te agradezco esa fuerte y alegre amistad.

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