De películas y despedidas

Este año con su encierro encierro obligatorio por el COVID19 va a dejar una huella perdurable en mi vida. En los meses de encierro, he podido hacer una pausa y reflexionar, mirar lo que he construido y lo que he debido pagar por ello. Este año por fin he consolidado un aprendizaje que habrá de guiarme de aquí en adelante.

Como una señal que parpadea brillante en la noche oscura, empecé a toparme con la expresión “pérdidas de humanos que no han muerto”. La leí un par de veces en posts de Facebook, en Twitter y creo que hasta en instagram. Las redes sociales parecían llamrme hacia un espacio al que yo no quería ir, interesante, esta vez no necesité de ninguna terapia o de ninguna experiencia extra sensorial. Las redes sociales me estaban hablando, título para cualquier novelita barata de ciencia ficción.

Sin embargo, este oleaje me llevó a la isla que yo había dejado desierta, la de las personas que, aquí en mi nueva vida como migrante, he amado y se han ido.

Las pérdidas de humanos que no han muerto es muy dolorosa, pero poco a poco veo con claridad que cuando he creído “perder” amigas “entrañables”, realmente estaba recibiendo una enseñanza más de mi amada vida. Hoy la tomo y la agradezco. He aprendido que yo no he cumplido las expectativas de otras personas, no he desempeñado los papeles que ellas decidieron que yo debía desempeñar ni he podido saber a ciencia cierta cuáles fueron las faltas que , en su percepción, cometí. Por un tiempo estuve triste y preocupada buscando mis errores, extrañando esa amistad… hoy estoy fortalecida porque entiendo, por fin, que esas relaciones y sus rupturas no tuvieron nada que ver conmigo, que esas personas realmente conocían una Chantico que ellos habían inventado y que tras levantar sus mazos de jueces, la sentenciaron desde su película de ficción.

Fui parte de una película cuyo director no se molestó en explicarme mi papel. Yo viví relaciones bellas, amistades de tiempos sonrientes y grises, ofrecí mi amor y compañía cuando me fue posible. Me quedo con eso. Me alegro que hoy puedo verlas con claridad. Despedirlas con respeto y aprender que esta soledad que han dejado en mi vida, me enriquece mucho más que una falsa amistad.

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De llamadas y ventanas

Cuelgo el teléfono. La llamada ha sido más larga de lo habitual, tengo la oreja derecha caliente y enrojecida; también tengo un remolino de energía emocional ocupando el centro de mi pecho. Hablar de mi vida con alguien de mi familia es un evento muy interesante, casi espectacular y es que al paso de los años, siendo migrante, las comunicaciones familiares se vuelven muy pragmáticas: hablamos de la salud de los padres o los sobrinos, hablamos de la situación política del país, de los cambios de estado civil de algunos conocidos o parientes, de los precios de boletos de avión, de las muertes y los nacimientos.

Ponerme a platicar mi vida con detalles cotidianos, como la compra, mis sueños, las bromas de mis hijos y mis comidas favoritas en esta ciudad, son charlas que quedan siempre pendientes para cuando “haya tiempo”, para cuando nos volvamos a ver. Y si por suerte consigo viajar a mi país, justo esas charlas no las mantenemos, no sé, se me escapa lo cotidiano frente al despilfarre emocional y exhuberante de la cercanía. Y no solo me pasa con la familia, me pasa con los amigos y las amigas, las personas que poblaban mi universo social desde la infancia y que crecieron conmigo, se enamoraron conmigo, de mí y contra mí. La gente que me conocía y venía a casa para charlar en las noches de verano, con muchos vinos y cervezas, risas y bailes. Sí, confieso que bailábamos salsa en mi pequeñísimo departamento de soltera en el barrio de Coyoacán. Esa gente eran y son mis amadxs. Rescatistas solidarixs, traviesxs compañerxs, psicólogxs silvestres y no tan silvestres. Mi banda. Pues cuando lxs he vuelto a ver me llueven las palabras, hay cascadas de cuentos intervenidos, bromas interrumpidas y delirios de risa y recuerdos espumosos. La cotidianeidad se me vuelve a escapar por la ventana. Me siento en la obligación de narrarles puras cosas relevantes y bueno, si mi cepillo de dientes es de bambú, no parece interesante.

Colgando el teléfono me puse a pensar en cómo sería charlar con mi muerte. Intentaría disuadirla de llevarme, recurriendo a artimañas típicas de cuentos populares? Un cuento me ha venido a la memoria, no recuerdo el nombre pues lo leí hace tiempo. Un detalle interesante es que lo leí en alemán y es un cuento para niñxs… una narración para ayudarles a comprender la muerte. Lo compré hace años para mis hijos, pues eventualmente tendrán que enfrentar la muerte de personas que hayan sido importantes en su vida, tener un libro sobre el tema me hace sentir un poquito preparada… armadura de papel.

Bueno, pues el cuento narra la historia de cuatro huérfanos de padres que viven con su abuelita; la anciana es buena y generosa, los ha cuidado, criado, amado y guiado. Los chiquillos la aman. Una tarde la abuelita les avisa que no se siente bien, ella ha estado cansada y triste por bastante tiempo ya, los chicos perciben que algo no está bien con ella. Cuando llega la hora de cenar, los cuatro se sientan a la mesa, mientras comen en silencio alguien toca a la puerta. La hermana mayor se levanta y abre, una figura alta y vestida de negro entra silenciosa a la casa y se sienta a la mesa. Todos saben que viene por la abuelita y el hermanito menor comienza a contarle historia tras historia, en un intento desesperado por mantener a la figura allí, con ellos. Pacientemente la muerte escucha los cuentos, pero al llegar la noche, se levanta, acaricia la cabeza del pequeño y sube la escalera. La hermana mayor lo abraza protectoramente y le agradece los cuentos que ha inventado para la abuelita. Juntos suben en el momento exacto en que la muerte baila con la abuela mientras abandonan esta dimensión. La ilustración al final de cuento es muy hermosa, sale el sol, los tonos son dorados y rosas, hay alegría en el aire, la abuela ríe. Los niñxs lloran y ríen, la ventana abierta se va quedando sola.

Si hablara con mi muerte, le pediría que me lleve bailando, así, abrazada y dando vueltas, mientras nos reímos a carcajadas y los tonos de cielo pasan de rosas a morados y naranjas y amarillos. Y mis hijos sonríen…y me dicen hasta pronto. Como yo lo haré algún día también, cuando tú te vayas de mi lado.

Creo que por eso no hablo mucho por teléfono, porque me pongo a escribir para acallar al torbellino emocional. La fuga de palabras me ha llevado medianoche, es tiempo de dormir.

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De amalgamas y superposiciones

Disciplinadamente intento obedecer el impulso irreductible de escribir. Conecto la computadora a la toma de corriente y me animo a realizar una práctica de yoga guiada por you-tube. El silencio en casa es reconfortante, las asanas me devuelven el calor y la fluidez en la sangre. Lentamente, los pasos de mi hijo que se ha levantado, se acercan a mí. Yo prosigo con mis movimientos mirando fijamente la pantalla, me gusta que la instructora diga palabras mal pronunciadas con esa suavidad que parece implicar la práctica mística del yoga. Letras arrastradas y movimientos firmes, palabras chuecas y mi espalda tensa. Sonrío. Me gusta que la vida sea esta superposición de elementos que se articulan instantáneamente. Mi hijo me mira fijamente, me dice buenos días y yo le pregunto si quiere desayunar. No responde. Le doy una instrucción breve y clara mientras hago un estiramiento: si quieres desayunar ahora mismo, prepárate algo, si quieres que desayunemos juntos, debes esperarme. Me va a esperar, eso responde, y regresa con paso ligero a su habitación.

Silencio, un par de Asanas más, una rendija de luz y un viento fresco que entran por la ventana. Salgo al balcón y siento cómo la felicidad ambigüa de estos tiempos me oprime el pecho. Sonrío. Tengo suerte de estar viva, hoy en Palestina muchos no la tienen más. Parece que España anuncia una nueva ola de Covid-19, en México las cosas no mejoran con esta enfermedad, además que los de Frena se salieron a manifestar.

Una avispa vino planeando hasta mi balcón, se sentó junto a mí y de tan quieta que la ví decidí darle un poco de beber, fui por agua con azucar y dejé caer unas cuantas gotas junto a ella, cansada y muy despació se puso a beber, la miré como ese ojo infinito que se asoma a un universo paralelo. La avispa ya no se movió.

Estaba pensando en la muerte de la avispa, en la muerte de tantos humanos, en la muerte de los sueños y la muerte de la paz. Alrededor mío hay tanta belleza y yo encuentro otra vez esa superposición extraordinaria de momentos y convicciones, de verdadera comprensión. Esta amalgama que es la vida se nos muestra a cada instante, la ceguera es nuestra, como marca de la cruda civilización.

Mi hijo ha vuelto y tomamos juntos desayuno en el balcón, la avispa no ha terminado de morir, se mueve lentamente, se aleja de mi mirada. Me imagino que en su muerte desea un poco de privacidad.

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He vuelto

Estaba buscando un espacio vacío, un pozo oscuro, un cuarto de silencios y no los hallaba. Estaba buscando recuerdos conjugados, momentos delicados y alegrías espontáneas y tampoco las hallaba.

Estaba buscando mis gafas perdidas, mis cuentas gastadas y mis notas de trabajo, como en un laberito camino por la vida y por mi casa. Las esquinas a veces son demasiado curvas y las horas demasiado saladas. En cada cosa perdida está un pedacito de sentido, soy parte del flujo eterno, me mantengo en las orillas y me fragmento en la corriente, en la corriente del río, ese en el que no puedes bañarte nunca dos veces. Movimiento eterno, búsquedas atadas a las bromas de la vida.

Estaba buscándome otra vez hace un ratito, mientras las caricaturas suenan en la tele, los críos se desdibujan en una fiebre ponzoñoza, el bipido del termómetro me devuelve a las tareas maternas, espera un segundo, le doy algifor al niño.

Buscando y buscando encontré por fin la clave para entrar a este Blog, el olvidado espacio donde puse tanto empeño hace demasiados años, cuando yo era esa la que no soy hoy. Alegre y envalentonada hoy retomo la tarea, reescribo en este espacio blanco que andaba buscando desde hace varios meses… porque las palabras me han acompañado siempre y en los tiempos de silencio, donde yo realmente salgo a saludar, allí las palabras buscan el fuego que las dejará marcadas y la sangre que las hará brillar.

 

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La búsqueda del Tesoro

  1. Encontrando el tesoro

Philipp está junto a mí, me dicta con mucha seriedad una historia que yo intentaré reconstruir en español. Su cuerpo delgado se recarga cómodamente en el escritorio, mientras que su mano derecha juega nerviosamente con el mouse de la computadora, intenta descifrar las miles de palabras que mami escribe en el ordenador.

Cada párrafo le emociona un poco más y me explica en su español truncado con palabras mal pronunciadas del alemán, lo que sigue. Se revuelve un poco molesto al ver que yo subo de párrafo y me aclara que aún no ha terminado, que me equivoco y, tras suspirar, pone su carita sobre la mano que se apoya en el escritorio y me espera.

Recién llega mi León, mi segundo hijo que inmediatamente se suma a esta historia de equipo, lo hace con su estilo estresado y apurado, exigiendo participar inmediatamente y, al tiempo, quejándose por no comprender de qué va la historia.

Recién terminando el primer capítulo de la historia, los pequeños ya han perdido interés, se revuelcan juntos en la cama, luchando y pateando, trenzados en una competencia eterna que su vida como hermanos les ofrece experimentar. Yo los miro y, con los ojos enrojecidos por la mala noche que pasé, les decreto que por hoy es suficiente, el capítulo segundo deberá esperar hasta mañana. Protestas apagadas y nuevos juegos por jugar les acompañan, salen de mi habitación y desde aquí escucho el nuevo juego, la historia de piratas que se vive en un mar de Philiplandia, no muy lejos de mí.

Capítulo 1. En el bosque

Había una vez 40 ladrones que un día decidieron entrar al bosque; para su sorpresa, el bosque tenía una gran puerta dorada que cerraba el paso a los visitantes. Consultaron entre todos para ver quien llevaba un martillo, pensaban intentar romper la gran puerta. Dossein llevaba un martillo, lo tomó con mucha fuerza y lo arrojó contra la puerta. Pero la puerta no se rompió, ni siquiera le hizo una pequeña marca.

Los 40 ladrones estaban desanimados pero, para su suerte, tres cazadores aparecieron. Los cazadores cargaban 30 martillos y, muy amables, se los prestaron a los ladrones. 30 fuerte ladrones tomaron los martillos y los lanzaron al mismo tiempo contra la puerta. Pero la puerta otra vez no se rompió, ni siquiera un poquito. Todos se enojaron muchísimo. Pero, para su suerte, en ese momento llegaron otros 14 cazadores.

Estos 14 cazadores traían 1000 martillos más. Los cuarenta ladrones, más los primeros cazadoes y con los últimos 14 tomaron los martillos y, después de tomar mucho aire y poner toda su fuerza, lanzaron 57 martillos. Cuando la lluvia de martillos llegó a la puerta, ésta se abrió sin haberse roto ni un tantito.  Después entraron todos juntos, ladrones y cazadores. Apenas si habían dado unos cuantos pasos cuando un lobo gigantesco, gris y con grandes colmillos saltó frente a ellos. Tal fue su susto que todos salieron corriendo despavoridos. La puerta se cerró tras ellos.

 

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no hay palabras

En el atardecer la luz es mucho más brillante, casi es mágica. La luz que rodea la vida y las nubes se pone de color rosa y los naranjas incendiados del sol se funden con rojos y dorados y líneas blancas y azules que comienzan a desaparecer. Este cuadro de colores cambiante y fuerte nos entrega muchas veces reflexiones que parecen proceder de conexiones mágicas con el cosmos, o simplemente, de la serenidad y la paz mental que fue posible alcanzar en ese momento.

Como el atardecer es la vida a los cuarenta, es ese revoltijo de colores y pasiones, de luces y certezas que va llenando cada uno de nuestros actos.

Para tomar una cosa nueva debemos abrir las manos y soltar aquéllo que hemos agarrado antes, es difícil aceptar que nuestras manos son finitas y que les falta fuerza y tamaño para agarrarlo todo; yo he abierto mis manos y se me ha ido escurriendo poco a poco el trabajo que hacía cada miércoles en mi pequeñísimo salon. Abrí las manos y el viento entrometido se encargó de hacer volandas con mis horas de regocijo y de atención. Hoy estoy de luto yo también.

Hasta un par de años yo era un torbellino, un gran cono de viento poderoso que cruzaba las laderas del mundo con fuerza y con pasión, ahora el torbellino ha descendido , se ha enfriado y trata de ser brisa suave que acompañe la siesta de los niños y de las vidas en flor. Quiero ser suave para rozar el mundo imperceptiblemente. Quiero ser amable con los ojos que me topo cada mañana en el espejo, así, sin torbellinos que se agiten y me impulse, antes bien la pura luz de la mañana que se augura en el fuerte atardecer. Y tambiés estoy de luto porque sin la fuerza del torbellino a veces no me movilizo, me quedo detenida frente al teatro del mundo y me niego a jugar ni una obra más. Entonces el viento me envuelve en esa certeza silencio de no poder ya nunca ser parte de esto o de aquéllo o de lo que sea más.

En este atardecer percibo que mi vida se acomoda en un orden que nunca me imaginé, pero la luz dorada y roja de las nubes me inunda las ventanas. No hay palabras.

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Amiga

Ya pasó el tiempo amiga, ya se nos han muerto nuestros padres. Recuerdas los tiempos en que yo visitaba tu casa y subíamos corriendo las escaleras hasta tu habitación? allí escuchábamos Depeche Mode y leíamos textos de algún famoso escritor, nos encontrábamos en las diferencias y nos platicábamos entre risas nuestros sueños de juventud. De qué tanto hablábamos? Horas y horas invertidas en un arsenal de pequeñas experiencias y grandes sueños. Recuerdas que me perforaste la oreja con un compás?

Ahora ya no podremos hacer esas cosas nunca más, las músicas se han quedado guardadas en viejas cintas que nuestras grabadoras se niegan a tocar; las casas de la juventud están temblando en sus frágiles cimientos, recubiertas por un moho sutil y polvoso; las escaleras llevan a pequeños desvanes, almacenes imporvisados de la historia familiar; ya no están nuestras camas, o si están, se encuentran sepultadas bajo los adornos de la navidad, grandes cajas desvencijadas que nadie abre ya.

Hace tres años que regresé a mi país natal, regresé para despedirme de mi madre y también me despedí de todo lo demás. Nunca supe cuánto la quería hasta que se fue. Un lugar común de la historia de la humanidad, pero tan real. Sin embargo con los años me encuentro a veces charlando con su sombra en la oscuridad, su partida es algo que por momentos casi olvido, su presencia es ahora muy actual. Mi madre es paradigma y reflejo porque a ella le dirijo esas dudas y preguntas que no interesan a nadie más. Supe que tu padre tampoco está en este plano terrenal. Lo recuerdo tan bién, esos gorros de lana apretada y su suéter de Chinconcuác. Arreglando autos, moviéndose siempre con sus chinos y maestros, devoto de toda su tribu familiar. Un ejemplo de buen humor y de ideas grandiosas, me parecía siempre que combinaba con mi padre, nomás más activo y terrenal.

Cuántas aventuras tuvimos juntas, cuántas quisiera recuperar; me esfuerzo por traerlas a la memoria y me vienen imágenes a gran velocidad; la puerta de tu casa, los perros, los colores, la comida deliciosa de tu mamá. Esos romeritos! para no olvidar y mira que hace casi treinta años desde aquélla idílica vida. Hoy ví tu página en internet y los recuerdos me cayeron como lluvia, hoy te honro mi querida amiga y te agradezco esa fuerte y alegre amistad.

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Dolor

Desde el centro del dolor logro detener el mundo… nada tiene la misma intensidad, nada me interesa lo suficiente como para encallar el entendimiento en esta isla. Desde el dolor se vive en la bestialidad, no hay paradigma justo ni argumento verdadero, solamente se siente se fuego que estalla y nos revienta las articulaciones. Desde el dolor hay el silencio de la muerte y la vaciedad de sus ojos, todo espasmo silencioso detona una batalla de lágrimas silenciadas. Desde el dolor la vida se vive en tonos grises, el calor agobia, los niños solamente pueden murmurar… la fortaleza de la madre se derrumba, no los cargas, no eres columna de la vida que sostiene su jugar.

Desde el dolor la poesía adelanta un paso a la fila de los mudos, se antepone a la coraza que rellena el cartón del mundo, desde el dolor se ansían los amados, la pajarita brillantina ya no está en ningún lugar… hubieras venido a verme, verdad?

El dolor es también amigo y maestro, guía de la paciencia y del enfoque, líder la risa que estremece el área que se encoge sin parar. Desde el dolor llamo tu nombre, como siempre, y me responde el eco cristalizado de la luna en el ocaso del mundo. Complicado, desde el dolor quiero hacer uso de un lenguaje complicado porque mi discurso no busca clarificar. Ni siquiera me interesa compartir, no hy a quién. Solamente vierto mil palabras que rebotan con sonido a percusión.

Desde el dolor saludo a la musa agazapada, a la que habla de los límites y del amor, en este canto no hay locura, amada mía, hay un canto de pasión oscura que sabe a sangre y a carbón.

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Yo te amo

Mi mejor amigo! el carnalito Henry

Yo te amo

en el tiempo trastocado

de mi existencia.

Yo te amo,

palabras que retocan

los atardeceres nublados.

Yo te amo

con la mano suave y

con el pensamiento

con la sangre

con la mente

y con el suave viento.

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de sueños…

Estaba soñando… una cascada de agua pura y azul bajaba por mi espalda, yo era el suelo de los ríos, la brisa que envolvía todo, las hierbas que rodeaban el camino y que se transfiguraban en hadas voladoras. Yo llevaba luz y en ramilletes, mis palabras coloridas se desparramaban sobre el mundo.

Estaba soñando que mis hijos reían y reían mientras el carrousel giraba, que la música que traigo en el alma los llenaba, que los dulces de algodón flotaban junto a ellos y bastaba estirar una manita para arrancar un buen bocado, soñaba que yo era su sabor, que toda yo era azúcar que se derretía en su boca y que explotaba en sus cuerpecitos, toda fuerza, toda luz, toda color.

Yo soñaba que era el tronco al que se abrazaba tu cuerpo enfebrecido, que mis raíces brotaban y se movían con el contacto de tu ser; soñaba que nos sosteníamos juntos en un equilibrio maravilloso en la orilla del mundo, donde ya no hay nada y no hay luz ni oscuridad… donde el silencio supremo nos llenaba el alma y el amor era fruto jugoso que nacía entre los dos.

Yo soñaba… mi amor.

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